
Tras la muerte de la reina Ana de Austria en 1580, Felipe II fue quedándose progresivamente sólo. Los cinco hijos que le dio su cuarta esposa iban muriendo en la infancia con dolorosa regularidad: en 1583 sólo quedaba vivo el penúltimo, un niño débil de cuerpo y caracter, que pocos confiaban que llegara a reinar, como sin embargo , lo haría con el nombre de Felipe III.
Hay que apuntar la frase de Felipe II sobre su hijo, que es muy reveladora del concepto que tenía de el: "Dios me ha dado un imperio, pero no un hijo que lo gobierne".
Ante la debilidad del futuro Felipe III, las dos hijas habidas con su tercera esposa, la amada Isabel de Valois, ocurría todo lo contrario, se habían echo unas mujeres hermosas, listas, animosas -más dulce Catalina Micaela, la menor; más decidida Isabel Clara Eugenia, la mayor; ambas eran la alegría de su padre.
Razones de estado obligarían, no obstante, al rey a prescindir de la compañía de catalina micaela, y, en 1585, la casó, con gran disgusto de ella, con Carlos Manuel de Saboya. La razón: la alta importancia estratégica del país para la monarquía española.
Isabel Clara Eugenia quedó entonces como la única dama real en la Corte española y casi la única compañía afectiva de un Felipe II cada vez más taciturno.
Isabel clara Eugenia no sólo era ya la primera dama para los actos protocolarios, con toda la importancia que tenía la etiqueta en aquella época, de hecho ocupaba las habitaciones destinadas ala reina en en El Escorial, contiguas a los aposentos del rey; era también una consejera escuchada y una útil colaboradora del Rey, que se apoyaba en ella y, en cierto modo la asociaba al trono, dada la corta edad y la mala salud del príncipe Felipe.
Isabel escribe las cartas más delicadas de su padre, archiva sus papeles privados, escucha a los embajadores si su padre no está en condición de recibirlos debido a su gota. El monarca la incluye en toda reunión de importancia, la sienta a su lado en los Consejos, la hace analizar los documentos más comprometidos y luego le pregunta su opinión. Bajo la mirada intrigada de los guardias, padre e hija acostumbran a discutir los asuntos del día mientras dan su paseo diario por las galerías de palacio. La infanta, que precede al rey, lleva casi siempre su escritorio portátil de ébano en el que anota las distintas propuestas que él le sugiere. Llegado casi al final de su reinado, Felipe no tomará ninguna decisión sin consultarla antes con Isabel. Al ver en su sucesor un joven débil y poco seguro de sí mismo, el monarca transmite a su hija mayor todo su saber. Lecciones muy beneficiosas para esta mujer joven que no deja de agudizar su inteligencia y su habilidad política.
A la infanta, como a casi toda persona joven, también le gusta bailar y divertirse. Aunque en la corte de Felipe II de esa época precisamente no son los bailes y las diversiones los platos fuertes. Sin embargo, cuando se presenta la ocasión, la infanta es capaz de dejar asombrado a más de uno. Isabel es una ferviente defensora de las actividades al aire libre. Hace gimnasia todos los días para mantenerse esbelta, monta a caballo o se pasea por sus tierras; participa vivazmente en las monterías y las batidas de jabalíes en las que los cazadores deben dar prueba de resistencia. Pero cuando el soberano apenas abandona la cama, después de dos ataques de gota, la infanta se encierra en palacio para estar junto a él. Una de las diversiones preferidas de la familia real es gozar de la compañía de enanos que a menudo les divierten con sus gracias.
En 1598 Felipe II otorgó como dote a Isabel Clara Eugenia los Países Bajos españoles y el ducado de Borgoña en su próximo matrimonio con su primo hermano el archiduque Alberto de Austria (nieto de Carlos I de España) , quedando ambos como soberanos de dichos territorios. Felipe II trató así de resolver el problema generado por la insurrección de los Países Bajos que dio lugar a la Guerra de los Ochenta Años, mediante el establecimiento de una rama autóctona de los Habsburgo.
En 1621 falleció Alberto de Austria y al no haber hijos sobrevivientes del matrimonio, los Países Bajos volvieron a la Corona Española . Isabel Clara Eugenia mantuvo el cargo de gobernadora y residió allí durante el resto de su vida, alternando éxitos, como el de la toma de Breda en 1625, con fracasos y reveses, como la pérdida de Bolduque en 1629 y Mastrique en 1632. Felipe IV de España, sobrino de Isabel Clara Eugenia, la apoyó en la gobernación de los Países Bajos hasta que ella falleció en 1633.
Como resumen decir, que una vez más la condición de mujer fue el injusto tapón que la impidió ser reina de España, en beneficio del inútil de su hermano Felipe III. Isabel era una persona dotada de un sinfín de cualidades, que hubieran sido imprescindibles en aquellos años donde el gobierno de España se merecía y necesitaba a los mejores.
Queda el recuerdo y homenaje a una personalidad excepcional de la historia de España.
J.Carlos